ARDE PARÍS...
...y con ella los suburbios de las ciudades de Francia y Europa.


Los toques de queda y la policía alineada en posición de anti-disturbios nada pudieron, las llamadas a la calma y a la razón que llegaban de todos los rincones de la política y de las instituciones sociales, nada pudieron, como tampoco las promesas de un cambio, de una mejora progresiva o de un compromiso contra el estado de deterioro.

Los pirómanos, los vándalos, los bárbaros, los insurrectos, los revoltosos, no importa el nombre que se le quiera dar, no tienen más orejas. Encerrados en los suburbios de hormigón desde hace decenas de años por la sociedad “del progreso y del bienestar”, ya no quieren escuchar ni hablar más.

Ellos han visto desmoronarse cada día toda certeza de una vida digna, de una posibilidad de supervivencia “decente”. Todo está sacrificado en nombre de un progreso y de un bienestar que les rechazó y que les rechaza todavía; todos los días, han debido enfrentarse a una policía que mató a sus amigos y a sus hermanos; cada día han tenido que arreglárselas en las colmenas que la vieja sociedad industrial había destinado a sus padres- ayer mano de obra a bajo coste y hoy excedentes para encerrar, ignorar, eliminar.

No, las personas que están quemando las ciudades de este viejo continente putrefacto no son extraterrestres como querrían hacernos creer: pero no son extranjeros venidos de lejos como cuentan algunos periodistas cretinos ni tampoco jóvenes enrolados por la ideología islamista, ésta ideología en boga tan tranquilizante. Estos nuevos bárbaros son “nuestros hijos”, que crecieron y fueron acunados en el seno de esta sociedad, de este mundo.

Fueron sencillamente olvidados : a menudo se olvida a los pobres cuando no se necesita exprimirlos más, hacerlos palmar en las fábricas o mandarlos masacrar acá o allá. Son olvidados... hasta que vuelvan a golpear la puerta.

Ahora, los patrones y los políticos gritan al escándalo, hablan del problema de los suburbios, discuten con la panza llena acerca de los “muertos de hambre”, de los “planchas” que fueron arrojados a las periferias de sus ciudades. Aquellos querrían -tienen todavía esta pretensión- que estos pobres toquen amablemente a la puerta, uno a uno y sin molestar mucho. Querrían que preguntaran “discúlpenme, podría?” antes de entrar.

Al contrario es la desesperación que aúlla, son la rabia y la venganza que queman los mentes, son años de abusos y de privaciones que hunden las puertas de las madrigueras de los ricos sin pedirle a nadie “puedo?”.

Ninguna reivindicación, ninguna palabra, ninguna ideología para maniobrar ni alimentar, ningún Casarini o Agnoletto (1) con los que dialogar. Unicamente el fuego, la destrucción de este sistema infame, de sus símbolos, de sus mercancías, de sus infraestucturas. Queman los coches y los shopping, las comisarías y las escuelas, los bancos y las sedes de los partidos, los jardines de infantes y los transportes públicos. Y con todo esto empiezan a arder los valores de este planeta y su moral, las certezas de los ricos y las ilusiones de la plebe, los privilegios de unos pocos y la esclavitud de muchos.

Los politicastros disfrazados de revolucionarios se vuelven mezquinos, las alimañas rojas (i.e. bolches) que invaden las manifestaciones y las concentraciones de la mitad del mundo se revelan lamentables, los sociólogos de izquierda y los intelectuales de “otro mundo es posible” se muestran miserables: las barricadas románticas erigidas en el nombre del gran ideal estan ausentes, no se trata tampoco del alba de la Revolución que llevará a los puros de espíritu y de corazón hacia el Nuevo Mundo, no es la huelga general preludio del cambio, tampoco es la lenta construcción del diálogo que lleva a la toma de conciencia. No existe nada de todo esto con lo que estos profesionales del social se llenan la boca. Sin embargo, lo que incendia las ciudades de Europa es el enfrentamiento de clases. No el de los libros y de las charlas, el de la realidad.

En este enfrentamiento, como en toda guerra, no hay nada “puro”: cuando los oprimidos se insurgen pueden llevar a cabo actos sublimes y otros ruines, gestos apasionados y otros vergonzosos, cada uno puede hacer salir lo mejor o lo peor de uno mismo.

Pero esto es una evidencia a partir del momento en que “las masas” insurgentes, a pesar de lo que muchos digan, no existen. Existen sólo individuos, capaces de todo el bien como de todo el mal posible; capaces de crear una sociedad mejor, diferente, así como de empeorar más aún la que ya existe.

Lo que debería verdaderamente contar ahora en la revuelta generalizada es romper un mecanismo, el de la cotidianeidad sobre la que se funda todo el horror social, toda la violencia del estado, todas las posibilidades de explotación y de devastación. Es justamente sólo quebrando la normalidad que podemos entrever nuevas posibilidades para un mundo realmente diverso, que podemos aprender nuevas maneras de estar juntos y de luchar, construir las bases de las revueltas futuras, empezar de vuelta a soñar en una existencia diversa.

Mirar de una manera moralista lo que ocurre en los suburbios del continente, buscando con una lupa los perjuicios de algunos insurrectos es únicamente útil a quienes quieren conservar el mundo tal cual está, para aferrarse a sus privilegios y certezas, y ciertamente no a quienes tienen interés y voluntad de arruinar todo.

Nos dicen que los insurrectos no hablan y sin embargo su revuelta se extendió como una mancha de aceite, en algunas horas, recorriendo miles de kilómetros. Nos dicen que los insurrectos no escuchan y no entienden nada, y sin embargo están poniendo en jaque a la policía de ciudades enteras noche tras noche. Entonces, ¿Cómo es posible?
¿Cómo hacen?

Es muy simple, el lenguaje del fuego esta vez fue más claro que mil palabras, y fue comprendido por muchísimas personas. Ahora nos toca a nosotros decidir acoger el mensaje, entender la inconmensurable sabiduría que este movimiento de rebelión lleva inconscientemente en él: en este mundo de mercancías basado en la violencia y

la autoridad no hay ya nada que se pueda cambiar, que se pueda reformar, que se pueda mejorar. En una palabra, no hay nada que se pueda salvar.

Gherardino

1. Recuperadores italianos bien conocidos que hacen parte de la “extrema izquierda radical” (gli Disobedienti, para uno, el Forum Social para el otro). Por su trabajo con/en Rifondazione Comunista tienen siempre un pie al interior de las instituciones al mismo tiempo que juegan a los milicos de los movimientos sociales.

Artículo escrito en Italia, durante los disturbios, y extraído de Aìresis, periódico de Florencia, nº1, noviembre/diciembre 2005, pág.3

[Publicado en “ Cette Semaine ” n°88, marzo de 2006, pagina 8]