Octavilla repartida en Paris.

El FUEGO DE LACÓLERA

Se suele decir que los gatos tienen nueve vidas. Lo que nosotros sabemos es que no tenemos más que una. Una vida de mierda atrapada entre las falsas opciones de la democracia: trabajar para sobrevivir o buscarse la vida cada cual como pueda, enriquecer a un propietario o abrir casa vacías bajo amenaza constante de desalojo, cerrar la boca ante la amenaza de ser detenido o aporreado en cuanto la abras, deambular sin rumbo por las calles o refugiarse en la zonas que apestan a mercancía concentrada, arrimarse a las paredes hasta volverse gris como ellas o que se te fundan los plomos en público, drogarse con antidepresivos o con el espectáculo televisivo, votar por la izquierda o por la derecha.

Y sin embargo, en este océano de miseria todavía hay momentos en que se puede entrever una vía diferente de ésta, por la que el tren de la muerte que se hace llamar nación, república o sociedad pretende arrastrarnos sin dejarnos rechistar. El fuego de la rabia viene cada vez más a menudo a calentar los corazones y a inflamar los espíritus que se niegan a resignarse.

En noviembre del 2005, hubo un largo cortejo –mucho más regocijante que la simples manis en las que la gente se acumula en la calle – de escuelas, de comisarías, de depósitos comerciales, de autobuses y de administraciones que ardieron en las periferias y mucho mas allá. En primavera del 2006, las calles animaron con manifestaciones salvajes, ocupaciones, enfrentamientos, saqueos y otros sabotajes con la retirada del CPE como pretexto.

Desde el principio de las elecciones, han sido incendiadas o atacadas en todo el territorio decenas de sedes de partidos, colegios electorales saboteados en Marsella, Paris o Lille, antenas de televisión en Millau y en Lyon. Y el resultado de la segunda vuelta (eleccion de Sarkozy) no ha hecho más que hacer explotar una vez más nuestra cólera, demasiadas veces contenida, contra todos estos chacales –maderos, patrones, encargados, burócratas del paro, asistentes sociales, politicastros- que nos joden la vida cotidianamente. Las banderas francesas arden alegremente en Toulouse, los escaparates revientan por todas partes, los maderos reciben su merecido en plena cara mientras se construyen barricadas con lo que se tiene a mano, es saqueado un supermercado en Paris, el fuego gana terreno desde Toulouse a Lille, de Grenoble a Nantes, de Lyon a Rouen.

Y no olvidemos tampoco esas oficinas del Paro y de la seguridad social consumidas por el fuego el año pasado, el motín de la estación del Norte en marzo que administró una lección de solidaridad a los uniformados de todos los colores, ni los ataques dirigidos en los suburbios contra los guardianes de la paz social.

Nos llaman a la calma mientras toda nuestra vida y el planeta entero agonizan bajo la ley del beneficio y de la dominación. Mientras querrían ahogar nuestros sueños de libertad pidiéndonos que votemos dando prueba de paciencia y de respeto. En lugar de eso, como otros muchos antes que ellos, numerosos individuos han descubierto el gusto de la subversión llegando a expresar su rebeldía contra un sistema que deja de ser abstracto e intocable, ya que se encarna en seres humanos y estructuras precisas.

Los “medios de comunicación” en su función de celosos servidores del poder, se han dado prisa en aplicar a todos estos miles de anónimos la etiqueta de “autónomos” o “anarquistas” , aunque estos últimos, amantes de una libertad desmesurada para todos, sólo son la parte mas visible y la mas cómoda para asustar al ciudadano-madero, una vez que la figura de la “chusma” ha sido descartada provisionalmente.

En Avignon, Montpellier, Paris y Villeurbanne se han multiplicado los registros y encarcelamientos de compañeros, que corren el peligro de pasarse largos años a la sombra, acusados de incendios de coches de burgueses o de sedes de partidos de ambos lados. Sin necesidad de conocerles, afirmamos nuestra solidaridad con ellos y con todos aquellos que se enfrentan directamente a las causas de la dominación, en el camino destructor hacia la libertad. Y también nuestra complicidad con su rebeldía, que ninguna investigación del antiterrorismo, como en los casos de Toulouse o Paris, podrá aplastar.

¡AHORA SE TRATA DE NO DEJARLES SOLOS EN MANOS DE LOS CARROÑEROS TOGADOS! ¡HAY QUE CONTINUAR LUCHANDO! ¡LIBERTAD PARA TODOS Y TODAS!


[Publicado en "Cette Semaine" n°93, verano de 2007, pagina 7]