LÍMITES DEL MOVIMENTISMO:
LAS ASAMBLEAS EN EL QUILOMBO ANTI-CPE EN PARÍS


A menudo escuchamos a los viejos militantes contar nostálgicos la gloria de los “movimientos” pasados. Sin remontarse muy lejos, hubo épocas fastas como el fin de los años 90 (CIP en el 1994, huelgas en diciembre 1995, movimiento de lo sin-papeles de1996-97, movimiento de parados a finales de 1997 principios de 1998) luego, el vacío prácticamente hasta las movilizaciones liceales de 2005, seguido de los disturbios de noviembre y del movimiento anti-CPE este año.

Entre tanto, los modos permiten continuar agitando: expulsiones, ocupaciones, nuevas tecnologías (OGM, biometría, como ahora nanotecnología) son por ejemplo los sujetos contestatarios, dentro del orden o del desorden, mezclados o no. De “movimiento” en “movimiento”, de lucha temática a menudo cargada de chantaje emocional (urgencia, relaciones personales, impotencia frente al monstruo) en lucha parciala- falta-de-algo-mejor, el militante puede casi incluso llegar hasta la jubilación, satisfecho de haber cumplido.

Y por lo tanto, cualquier cosa no da vuelta este último tiempo en el planeta movimentista: muchos siguieron el fuego de la revuelta de noviembre como espectadores, antes de constatar que estaban bien desarmados en cuanto a su posible contribución. Entonces, puesto que el movimiento anti-CPE implicó más que a los mimos estudiantes, con la entrada en escena de los liceales y de una franja más o menos numerosa y organizada (según la ciudades) de individuos enojados venidos simplemente para pelearse o para armar quilombo, un número de militantes intentaron aplicar sus recetas tradicionales (asamblea, volantes, ocupaciones, marchas, convocatorias), pero con más bien poco éxito.

Aquello que les daba habitualmente una razón para actuar, radicalizar el movimiento, poner a prueba sus modos de organización y sus consignas, ciertamente divertirse, aunar fuerzas también para seguir, ha parecido sobrepasado a menudo por el movimiento real.

Sin embargo, en el momento que los fuegos de noviembre se difundieron desde las periferias de París a los centros urbanos de Lille o Toulouse, desde las metrópolis a las pequeñas ciudades, desde los autos a las comisarías, transporte público, escuelas, oficinas de correo, grandes depósitos, las ideas de intervención cerca de su casa para participar de la fiesta pendiente no debían faltar.

Pero todavía haría falta no reservar el monopolio de estas revueltas a una categoría social fantasma, forzosamente fuera de si misma, ni a un sólo modo de acción, forzo samente de masa o de comunidad de no-vida. Los pequeños grupos móviles no son inaccesibles más que a la persona atomizada (en el sentido de aislada), no al individuo y a sus compañeros. El fuego y sus objetivos no son todavía patentados, ni excluyentes de otras armas clásicas de la subversión ( del sabotaje al afiche, o a la agitación en la vía pública). Del mismo modo, en el momento dónde la relación de fuerzas contra el CPE se jugaba esencialmente en las calles, dónde la espontaneidad presidía las manifestaciones salvajes, dónde los bloqueos de la economía no fueron únicamente condicionados por el número, dónde la toma de las calles ofrecía a menudo posibilidades inéditas, hacer hincapié en las asambleas/ocupaciones (asambleas estudiantiles, de la EHESS (1), y otras) ha demostrado caricaturescamente los límites de las formas de autoorganización clásicas de la franja “movimentista”.

La asamblea (frecuentemente emparejada a una ocupación) puede ser un instrumento suplementario que se dan ciertos individuos que se asocian a la lucha en vista de una práctica común o coordinada, incluso para encontrarse antes de continuar a experimentarse en la acción. Pero por el contrario puede no ser más que una forma clave de la que deberían surgir milagrosamente de una sola vez las afinidades a partir de la simple acumulación de individuos, la organización de tareas a llevar a cabo en el movimiento (además del tiempo y las energías invertidas en la ocupación misma), incluso aun un discurso común, demasiado pobre ya que se produce por consenso. Por ejemplo hemos podido asistir a veces a este cambio que hace de una asamblea no un momento de confrontación/coordinación de praxis, sino un organismo que toma decisiones: si una minoría determinada hubiera podido sola bloquear una universidad, es, sin embargo, la asamblea quién a continuación decide en el nombre de una soberanía cualquiera de dejar trabajar a la administración o de desbloquear el lugar, decisión que uno no podía legítimamente no acatar so pena de ser acusado de fascista.

Hemos igualmente podido asistir a otras asambleas dónde el único objetivo parece ser su propia existencia y su perpetuación infinita, en cuanto fueron reducidas de hecho a simples intercambios de puntos de vista desconectados de cualquier voluntad práctica.

La caricatura parisina de la forma “asamblea” ha sido sobretodo esas asambleas estudiantiles abiertas a todos... los estudiantes contrarios al bloqueo de las universidades, los burócratas, los que deseaban continuar su existencia de miseria, en presencia de los vigilantes y toleradas sólo dónde el decano decidió y bajo sus condiciones (horarios, elección de salas/amfiteatros, prohibición de fumar,...). Estas asambleas fueron hasta el final un fin en si mismas, una hastiada autopuesta en escena de la legitimidad, de la respetabilidad ciudadana (votos, turno de palabra, orden del día, informes, tribuna) que ocupó la mayoría del tiempo. Además, delegaban a oscuras comisiones - lugar de las luchas de poder- la organización de las famosas “acciones”(bloqueos o cortes de calle salvajes y estáticos) a las cuales todo buen estudiante anti-CPE debía participar sin conocer sus contenidos.

Ahí se encarnaron y expresaron toda la práctica demócrata de la sumisión a la dictadura del número, del respeto y de la falsa igualdad entre los dos lados de la barricada (pro-bloqueo y anti-bloqueo, vándalos potenciales y servicio de orden sindical), y toda la puesta en acto del dispositivo ciudadano de una sociedad civil forzosamente imaginaria (sin clases, sin deseos negativos de destrucción y sin utopías revolucionarias) que, construyendose una legitimidad, tendriá el derecho a exigir de un gobierno menos legítimo la derogación del CPE.

Entonces no es nada sorprendente que los militantes de las distintas ramas del izquierdismo y del sindicalismo (incluso rojinegro) no han podido sino tratar de extender en vano la lista de las reivindicaciones o de crearse una base de militantes usando un activismo demostrativo, timando a los ingenuos con la oposición entre la “democracia directa” y la “falsa democracia”: detrás de este mal juego de palabras se esconde en efecto toda su ambigüedad de burócratas, aspirantes a gestores de cualquier cosa, desde el momento en que parte de la masa, de abajo más o menos a la izquierda.

Las breves asambleas del EHESS ocupada (del 20 al 24 de marzo) han representado la otra caricatura de esta forma “asamblea” como fin en sí misma, esta vez tampoco como mini-parlamentos imitando a aquellos de la dominación, sino como instrumento hueco y fetichizado, voluntad de autoorganizar a partir de la nada aquello que no se podía ( ¿o no se quería?).

La asamblea como herramienta de la lucha de clases tomó generalmente cuerpo e interés cuando individuos autoorganizados la sintieron como necesidad en vista de coordinarse, de intercambiar sus experiencias concretas, de confrontar sus praxis. Fue en este caso una herramienta que se añadió a las otras, y en particular a todo el juego de relaciones informales tejidas antes y entorno a la asamblea. Esta fuerza suplementaria, desde una perspectiva antiautoritaria, no constituyó un agregado superior a los grupos afines, no expresándose en su nombre, ni habiendo ninguna posibilidad de decisión o como objetivo el número.

Habría podido ser tal la asamblea de la EHESS, si algunos contenidos hubieran aparecido antes en este movimiento, permitiendo confrontarse en prácticas ya existentes y sobre bases teóricas comunes en el seno de la parte no-estudiantil del movimiento. No fue éste el caso, y esta asamblea/ocupación no pudo sino convertirse en un gran circo dónde cada uno venía a hacer su propio número.

Esbozo de hechos posibles no ocurridos: en lugar de radicalizar la consigna estudiantil “no al CPE queremos un CDI (el contrato de trabajo clásico)” en “ni CPE ni CDI”, estas bases comunes podrían por ejemplo haber sido una crítica frontal al trabajo (del tipo “no queremos laburar para nada”) emparejada a otros modos de reapropiación que no sea el rastrillaje. La última asamblea de la EHESS por ejemplo se desarrolló la tarde después de los enfrentamientos de la plaza “des Invalides”, justamente sembradas de rastrillajes a veces salvajes entre manifestantes. En esta última asamblea el sujeto de discusión fue sin embargo más una estigmatización de estas prácticas demasiado gre garias e irrisorias, creando una especie de sujeto colectivo negativo el cual sería el autor, que propuestas de reapropiación que serían “nuestras”, conservando la buena idea de aprovecharse de estos momentos de ruptura de la normalidad para desarrollar otras perspectivas.

Por ejemplo, durante el movimiento de parados (a principios de 1998) hubo numerosos saqueos de supermercados e incluso un intento de pillaje en regla de un cash converters (una cadena de tiendas que venden equipos audio, computadoras, ...) en el barrio de Bastille.

Igualmente, en lugar de avalar la consigna “bloqueemos la economía” una vez que ya está generalizada y aplicada (bloqueos de terminales, por ejemplo), un contenido común podría haber sido desarrollar una crítica directa al capitalismo y uno de sus puntos débiles, que es la circulación de mercancías e informaciones, ligándola a otras formas de ataque (como el sabotaje o la destrucción y apuntando más allá que a la circulación de carreteras y vías de tren).

En fin, en lugar de que distintos grupos afines e informales sintieran la necesidad de coordinarse a fin de sobrepasar algunos límites vividos los días precedentes e hicieran surgir un momento organizacional a partir de esta necesidad común, se dio un proyecto totalmente diverso: el de crear una asamblea abierta a la genérica “gente en lucha” llamada “heterogeneidad”.

Podemos citar de memoria algunas cuestiones que volvieron sin embargo en el transcurso de discusiones informales, y que podrían haber constituido otro punto de partida: cómo salir del espectáculo ritual de las peleas al estilo “Sorbonne” (enfrentamientos estáticos con una policía que tenía orden de mantener la posición) al provecho de paseos salvajes y devastadores en el transcurso o al final de la manifestación, qué iniciativas desarrollar para no esperar las manifestaciones de cada martes y cada jueves, cómo desarrollar una movilidad geográfica que sobrepasase el marco estrecho de París y para mezclarse en un antagonismo más abierto (el de los barrios periféricos).

Estos cuantos puntos no fueron puestos ahí para rehacer la historia. Si estas tendencias y posibilidades esbozadas no pudieron surgir como bases de una asamblea, es porque los límites de la asamblea de ocupación de la EHESS fueron finalmente los de sus iniciadores movimentistas, quienes lógicamente ratificaron los límites del movimiento mismo. Pero carente de contenido autónomo en su seno y de deseos de experimentaciones nuevas para compartir en el espacio público, la asamblea del EHESS podía sólo ser una cáscara vacía dónde cohabitaran individuos, sin tener otra cosa qué hacer juntos que imitar un semblante de radicalismo verbal colectivo o yuxtaponerse en una gran okupa. En el momento en que surgieron rupturas de la normalidad cada vez más prometedoras, pero donde la única comunidad de lucha de la parte no-estudiantil existía sólo en los enfrentamientos y en los cortes de calle, una asamblea dándose como objetivos "el inventar formas de lucha adaptadas a la situación" dirigiéndose justamente a la "heterogeneidad" no podía sino chocar con sus propios límites: la falta de perspectivas y de medios para aplicarlos.

Si existe una fuerza en el individuo, en el seno de esta sociedad que presenta la doble característica de atomizar y de masificar al mismo tiempo (las personas son cada vez más separadas las unas de las otras y viven al mismo tiempo cada vez más vidas idénticamente normalizadas), es su capacidad de desarrollar una autonomía basada en sus propios deseos y afinidades. La capacidad de compartir estos deseos con otros individuos, ligada a un conocimiento y a una confianza recíprocos, puede con un mínimo de voluntad compartida crear y llevar a cabo proyectos ofensivos. Y cuando el descontento amenaza, cuando un movimiento social estalla, estos grupos de afines pueden decidir participar con sus propias bases y objetivos.

Los enfrentamientos ligados a la muchedumbre, al sentimiento colectivo efímero de potencia, nos entusiasmaron y nos lanzaron a la batalla, por los que fueron aun reticentes ante este movimiento que fue mucho tiempo específicamente estudiantil. Pero la repetición de estos enfrentamientos, cada vez más espectaculares y encadenados, abogó sin embargo a nuestro parecer por multiplicar las posibilidades de llevar con más agilidad nuestras actividades antagonistas existentes antes del movimiento. Abogó también por amplificar diversamente la ruptura de la normalidad, base indispensable para aprender nuevas maneras de estar juntos y de luchar, de entrever un mundo totalmente diverso y construir las bases de revueltas futuras.

Ahora bien, este doble movimiento - aumentar nuestras posibilidades actuales y perturbar diversamente la normalidad- solamente es efectivo conservando nuestra autonomía en el seno del movimiento sin diluirse. El problema que conllevan el movimentismo, los que quieren radicalizar el movimiento organizándose adentro o sencillamente donde hay más bardos, es que la relación no es dialéctica (según nuestro análisis de lo que sucede y de nuestras perspectivas) sino que nos liga a la masa, con sus fuerzas (por ejemplo algunos enfrentamientos abiertos o manifestaciones espontáneas de muchas horas) o con sus debilidades (por ejemplo, su capacidad de caer en las trampas de los botones o de volverse contra nuestras prácticas).

Un volante distribuido cuando recomenzaron las clases en la universidad de Jussieu recordaba ingenuamente que esta facultad de ciencias es, como las otras, invadida de laboratorios de investigación. Otras personas nos hicieron notar que el techo del EHESS albergaba una gigantesca antena de telefonía móvil que fue objeto de un intento de sabotaje, o que profesores de esta escuela lloraban por sus investigaciones robadas con sus discos duros. Todo esto que nos perjudica la vida cada día, en un movimiento como este, está más a la mano. Son banales ejemplos de cómo una perspectiva revolucionaria puede desarrollar al mismo tiempo su autonomía en un movimiento y tratar de superar sus límites (el enésimo contrato de trabajo precario, el ritual de enfrentamientos cada vez más gestionados por la policía) ligando lo que es generalmente separado, o sea una crítica práctica de la tecnociencia con el sabotaje o el robo, a la interna de un movimiento centrado en la precariedad y practicando sobretodo ocupaciones del espacio urbano.

Lo que fue generalmente interesante en los movimientos sociales de estos últimos decenios fueron raramente sus intenciones (defensivas), sino más bien la perturbación de la normalidad del cotidiano que generaron. Entonces podemos elegir repetir hasta el infinito prácticas que se insertan en sus límites iniciales, tratando de radicalizarlos o contentándose con seguir el olor de los gases lacrimógenos, o al contrario salir por fin de esta lógica para afirmar nuestra propia praxis en dialéctica con estos movimientos. Lo que significa por un lado ampliar e intensificar colectivamente esta perturbación

sobre nuestras bases, y por otro lado afirmar individualmente nuestros deseos, rabias y ataques aprovechándose de la existencia de estos movimientos.

Un Gérard

1.Liceo: educación secundaria. Este texto está pensado en base a unas charlas sobre las revueltas en Francia en Montevideo, por eso algunos términos son de origen uruguayo ya que se hicieron allá las traducciones.

2. EHESS: Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, escuela estatal de todos las crápulas de la élite post-marxista de la izquierda que estudian sociología, antropología, historia. Fue ocupada para hacer una asamblea abierta por tres días y totalmente saqueada antes del desalojo.

[Texto traducido de Cette Semaine nº 90, otoño 2006, pág. 10, 11]